Hay pocas cosas que yo miro y no creo poder hacer. Generalmente tienen qué ver con proezas físicas, como pararme de manos, hacer un cuervo en yoga, montar una bici. Mi cerebro paniquea y hasta allí llega mi autoconfianza. Para todo el resto de cosas, mi pregunta es: «¿Por qué no?» Así me animo a hacer cualquier receta, coser casi todo y hasta hacerla de carpintera.
El mejor regalo que me pudieron dar mis papás ha sido el de creer que, con esfuerzo, se puede hacer cualquier cosa. El problema conmigo ha sido precisamente la falta de esfuerzo. Las ganas no siempre son lo suficientes como para tomarme la molestia. Por lo menos me queda el consuelo de tener el potencial de hacerlas.
Cuando nos premian habilidades y no su ejercicio, nos achican nuestro mundo. Si sólo las personas coordinadas se atrevieran a bailar, no pondrían música en las fiestas. Ni habría carros en la calle. Ni habría gente admirable que se esfuerza lo suficiente como para hacer mejor las cosas que el más talentoso, pero haragán.
Si apreciamos más el resultado de nuestro esfuerzo y admiramos nuestra capacidad de perfeccionarnos, nos conectamos con lo mejor de nuestra humanidad, esa que ha construido pirámides y se ha desplazado por todo el mundo y subsiste en la tundra y quiere ir a Marte.
Hablando de carpintería, me tiré a reparar los muebles de la casa. Ya les contaré.
