Evolucionar las tradiciones

En la casa siempre pasamos juntos los fines de semana. Somos un núcleo de cuatro súper unidos y no necesitamos meter más gente a la dinámica. Por lo menos no por ahora. Tenemos pequeñas tradiciones, como hablar de lo bueno de nuestros días, hacer «family meetings» semanales, ver la NFL cuando es temporada.

Las tradiciones, privadas y públicas, nos refuerzan una pertenencia a lugares y personas. Nada como comer siempre lo mismo en fechas especiales para atravesar el portal que nos mete en un sentimiento especial.

Lo divertido es que, por mucho que lo intentemos, hasta los rituales más viejos sufren transformaciones para seguir vigentes. Hacer algo repetitivamente sin conocer el sentido que le dio a luz, sólo garantiza la muerte de la magia inicial.

Las costumbres, convenciones sociales, instituciones, tradiciones, todo tiene que cambiar para conservar la esencia que cuidan. En nuestro caso en particular, lo que queremos es que los pulgos pasen felices sus fines de semana, que se sientan queridos y que sepan que somos una familia. Ahorita, eso lo logramos entre los cuatro. Probablemente en un futuro cercano, eso incluya amigos. Y, casi de cierto, después vendrán los agregados permanentes. Y también lograremos hacer tradiciones de eso.

Uno de esos días

Preparar fiestas nunca ha sido lo mío. Me estreso con los detalles, con los invitados, con la comida… Darle demasiada importancia a un evento me hace brotar urticaria. Me esmero tanto en que la persona agasajada se sienta especial, que termino hecha una piltrafa. Es cierto que da una gran satisfacción el ver una sonrisa en la carita de la persona celebrada y es por eso que lo sigo haciendo con gusto.

Hay días que son obviamente especiales, como fechas de cumpleaños o de fiestas tipo una boda. Hacer que brillen en nuestra memoria nos dan pequeñas joyas qué guardar para contemplarlas en días menos afortunados.

Y hay días que simplemente son perfectos, porque todo el mundo está feliz, hubo comida rica y compartimos juntos.

La vida no puede ser una serie interminable de eventos. El matrimonio no es el día de la boda, ni criar niños el día del parto. Por eso los finales de cuentos de hadas no sirven para nada. «Y vivieron felices para siempre»… Pero sí se puede hacer que lo cotidiano sea enriquecedor. Que se encuentren las sonrisas en un helado a media tarde, en bañarse después de las cuatro, en acostar niños temprano.

Hace poco, tuve que detenerme un rato para absorber la felicidad de uno de esos momentos perfectos: estábamos los cuatro preparando las cosas para la cena. Algo que podemos repetir y que no pierde lustre con el uso. Que no necesita mayor producción. Que es alcanzable. Y fui intensamente feliz.