Hasta dónde

Pasa la primera semana de colegio y el niño me estrena la segunda con una nota en la libreta: «Platica en clase.»  Él jura que no fue, que fue el niño de al lado, que la maestra no lo dejó explicar, que el cielo es rosado y que las lágrimas que salen copiosamente de sus ojos son dulces.

Uno tiene ámbitos de poder/acción, de influencia y de observación. En el primero está lo que uno come, el ejercicio que hace, lo que dice y de lo que se informa. O sea, el único ámbito de acción/poder directo que se nos ofrece en esta vida es el que nos incumbe en nuestras cosas más personales. También marca el límite de quién sufre las consecuencias directas de nuestras decisiones: nosotros mismos. En el tercero están cosas sobre las que no tenemos ni el mínimo control: el clima, lo que hacen al otro lado del mundo, nuestra genética. Todas esas cosas que no podemos cambiar y que hay que sentarse a aceptar con actitud zen.

Pero el círculo jodido es el de en medio: el de la influencia. Porque caen dentro todas esas relaciones que sí nos afectan, que no tenemos control directo y que podemos inclinar hacia algún lado y sólo hasta cierto punto. El mejor de los ejemplos es el comportamiento de los hijos en el colegio: la influencia está en qué tanto nos consideran antes de meter la pata.

El punto es que uno no está allí. Punto. Y tampoco debería querer estar. Dejar ir y respetar y hacerles sentir las consecuencias de sus decisiones, es tal vez lo más difícil que me toca hacer como mamá. Pero no me perdonaría a mí misma si no lo hiciera.

Después del deslave ocular, simplemente me encogí de hombros y le dije que yo nada podía hacer. Increíblemente, eso me gana más credibilidad.