Me rescato yo, muchas gracias

¿Quién de pequeña de más o menos mi misma edad no soñó ser la princesa rescatada? O eras la «Bella Durmiente», que tiene en sus raíces una historia súper turbia (sólo les cuento que la chava queda embarazada estando dormida) o Blanca Nieves, o Rapunzel. Todas tenían en común una falta total de agencia por parte de la chava. No me voy a tirar al agua feminista, muchas gracias, pero sí me recuerdo muy bien que yo soñaba con tener un Hada Madrina que me vistiera, me paseara y me consiguiera al príncipe azul de mis sueños.

Y es que, ha de ser reconfortante pensar en no ser responsable de los huesos propios. Las personas muchas veces buscamos que nos den soluciones de afuera, a problemas que tenemos adentro. Y los queremos fáciles y rápidos y gratis y bonitos. Mejor si bailan bien.

Luego uno voltea a ver al tipo con el que sale (o se casa) y siente el agujero emocional del vacío que crece cada día más. Y no hay pisadas de caballos blancos con jinetes al rescate. Ni nada parecido.

Lo bonito es que es entonces cuando verdaderamente uno puede comenzar a escribir su cuento de hadas. El hecho de rescatarse a uno mismo, nos da el mejor regalo de todos: nuestra propia vida. Ser la persona que nos saca de la situación en la que estamos (muchas veces, obvio, porque nosotros nos pusimos allí), nos acrecienta la autoestima, nos da poder y nos permite moldear nuestro futuro.

Yo agarré mi caballo (el carro), y salí disparada de donde estaba. Me pude reorganizar, redescubrir y reajustar. Y, cuando llegó el héroe, no encontró una damisela en aprietos. Encontró una heroína que lo puede acompañar a afrontar cualquier cosa.