Dicen que si mueres en un sueño, mueres en la vida real. Pero, ¿cuál es la verdadera vida? ¿La que llevamos dentro? ¿La que percibimos con nuestros limitados sentidos? Con cada sensación, recuerdo, pensamiento, emoción, ampliamos nuestra mansión mental. Por algo hay personas que prefieren vivir adentro. También, si lo que construimos es una casa de espantos, es de esperarse que jamás querramos disfrutar de nuestra interioridad.
Yo he sostenido conversaciones más satisfactorias conmigo misma, que con muchas personas que he tenido que toparme. También contengo dentro de mi imaginación el mundo que esté viviendo en el libro de turno. Soy más bonita, más inteligente, más encantadora y habilidosa en mi cerebro. Estar conmigo misma no es problema. Pero, también me gusta conocer otras realidades. No soy tan ermitaña.
Encontrar gente con arquitecturas mentales interesantes es uno de los mejores descubrimientos de la vida. Porque podemos compartir universos, explorar imposibilidades y arreglar el mundo. Todo empieza con una idea y considerarla entre más de una persona, mientras sea adecuada, la expande. El truco está en no dejarse apantallar por un buen repello exterior. Antes de unificar edificios, hay que cersiorarse que haya algo más que una fachada llamativa.
No hay ingeniero que pueda reparar los escombros de una vida deshecha, sin el consentimiento del dueño.
Yo sigo añadiendo cuartos a mi construcción y buscando vecinos de quiénes rodearme. Sólo espero no morirme soñando.
