Uno de esos días

Preparar fiestas nunca ha sido lo mío. Me estreso con los detalles, con los invitados, con la comida… Darle demasiada importancia a un evento me hace brotar urticaria. Me esmero tanto en que la persona agasajada se sienta especial, que termino hecha una piltrafa. Es cierto que da una gran satisfacción el ver una sonrisa en la carita de la persona celebrada y es por eso que lo sigo haciendo con gusto.

Hay días que son obviamente especiales, como fechas de cumpleaños o de fiestas tipo una boda. Hacer que brillen en nuestra memoria nos dan pequeñas joyas qué guardar para contemplarlas en días menos afortunados.

Y hay días que simplemente son perfectos, porque todo el mundo está feliz, hubo comida rica y compartimos juntos.

La vida no puede ser una serie interminable de eventos. El matrimonio no es el día de la boda, ni criar niños el día del parto. Por eso los finales de cuentos de hadas no sirven para nada. «Y vivieron felices para siempre»… Pero sí se puede hacer que lo cotidiano sea enriquecedor. Que se encuentren las sonrisas en un helado a media tarde, en bañarse después de las cuatro, en acostar niños temprano.

Hace poco, tuve que detenerme un rato para absorber la felicidad de uno de esos momentos perfectos: estábamos los cuatro preparando las cosas para la cena. Algo que podemos repetir y que no pierde lustre con el uso. Que no necesita mayor producción. Que es alcanzable. Y fui intensamente feliz.

Las palabras como semillas

Es rara la vez que me quedo con ganas de decir algo. Para bien o para mal, si tengo algo qué compartir, lo hago. No es que diga todo lo que me pasa por la mente, es que, si creo que vale la pena, lo saco y ya.

Las palabras que nos quedamos adentro crecen. Son ideas que toman vida propia y ocupan nuestros espacios vacíos. El amor que no se demuestra, la tristeza que no se purga, el enojo que no se escupe, todo, nos acapara y tiende a destruirnos por dentro. Nuestro ser se fisura por la presión y todo sale por algún hoyo. Si no es por la boca, es por otro lado. Así nos enfermamos, nos duele la cabeza, se nos traba la espalda, nos quedamos afónicos.

Los humanos somos mejores cuando nos compartimos. Las palabras son los puentes que nos unen. No siempre decimos cosas bonitas, pero el ácido y el fuego, de manera controlada, también construyen.

Una semilla germina y rompe. Hecha raíces y brota. Igual lo que nos quedamos.

 

El placer de verte

Hacer las cosas que te gustan, cuando te pierdes en el momento. Te quedas allí parado, con esa gracia casi felina que hace que salte cada vez que te me acercas por detrás sin hacer ruido.

Jugar con tus hijos, alentándolos a mejorar y a esforzarse y a pasársela bien. Y ellos se te pegan cual hierro al imán, atraídos por el amor que les das, confiados que tienen un padre a quién admirar.

Dar opiniones acerca de las cosas que dominas a la perfección, sin pretenciones petulantes, pero no por eso menos contundentemente. Despliegas un talento para decirle a la gente que está equivocada y que te lo agradezcan.

Pero, sobre todo, el placer de verte dormir a mi lado, con la cara completamente relajada, quitada de años. Saber que, en esos momentos callados, tú estás en paz porque estamos juntos, sin importar lo que nos cansó ese día y lo que nos tendrá corriendo al día siguiente. Y, a veces, a media noche abres los ojos y nos vemos hasta volvernos a dormir.