Claridad

Una de las personas más brillantes que conozco suele decir que «el riesgo del insulto es el precio de la claridad». Lo aplico seguido no preguntando acerca de cosas que no quiero saber. Para qué arriesgarme a sentirme ofendida. 

Sin embargo, la falta de transparencia en cualquier relación es uno de los factores que más erosionan el trato diario. Las mentiras, por muy pequeñas que sean, son como tumores que van creciendo hasta matar. Si comienzo a decirte que me gusta cómo se te mira el pantalón de payaso que no le favorecería ni a Bozo, lo siguiente es decirte que no me cae mal que seas grosero, no contarte en dónde y con quién estuve porque qué pereza y, al final, ya no queda nada real.

No hay que confundir claridad con grosería. No hay necesidad de ofender para compartir un sentimiento con sinceridad. Tampoco hay que decir todo lo todo que se nos atraviesa por la mente.

El justo medio casi siempre es una buena guía, aunque sea difícil de mantener. Y también por eso mismo es que rara vez pregunto si me miro bien. No necesito tanta claridad.

Tomarme la molestia

Las confrontaciones en la vida no son fáciles de asumir. En una relación de igualdad, cuando existe una molestia es más cómodo enterrarla y que las cosas se «arreglen solas». Y ¡oh sopresa! Las cosas que se entierran, como las semillas, crecen escondidas hasta que brotan, con raíces y todo.

Hay dos caminos para evitar esas plantitas ponzoñosas. Uno es tomar una saludable dosis de «me pela» y dejar que las irritaciones de cada día se resbalen como agua por la espalda de un pato. Esto implica aprender a no tomarse las cosas de forma personal, a no leer más de lo que va en una frase, a no querer interpretar tonos de voz y gestos (ni jetas). Navegar por el mundo con pocos irritantes, asegura una mejor salud mental y seguramente menos arrugas.

No somos tan importantes como para que el conductor del carro que casi nos choca lo haya hecho porque nosotros íbamos allí. Lo hizo por tarado y punto. No es personal. De la misma manera, la gran mayoría de personas no debería poder tocar las cuerdas de adentro de nuestra psique. Ése es un privilegio y uno tiene que aprender a guardarlo.

Mientras más años llevo en esto, mi nivel de ¿indiferencia? ¿distanciamiento?, como le quieran llamar, va aumentando y me siento más cómoda. Hasta me ayuda para ser más amable y empática aunque parezca contradictorio.

Para el resto de casos en los que no puedo aplicar esa regla, existe el segundo camino: «ven, tenemos que hablar.»