Siempre he querido un carro rojo, aún cuando me han dicho que tener un carro de ese color es como salir con una mujer desnuda a la calle: todo el mundo se queda viendo. Pues ya tengo mi carro rojo y el primer día que lo manejé, sentí que la calle se había vuelto una marea colorada de tanto vehículo del mismo color que miraba.
En muchos de mis podcasts se habla de «sesgo de información», con mi marido nos gusta decir «deformación profesional» y, popularmente, nos reímos de la vida y el cristal con que la miramos. Resulta que el fenómeno de ver sólo lo que estamos buscando no sólo es frecuente, sino que es la regla. Por eso funcionan muchas de las «predicciones», porque casi sólo recordamos cuando se cumplieron. O sentir que hay alguien atrás nuestro y voltear a ver y ¡zas! Allí está. Y se nos olvidan todas las demás veces que sólo nos saludaba el vacío.
Si buscamos lo malo en nuestras vidas, es más que probable que lo encontremos. Lo contrario también aplica matemáticamente. Por eso el ejercicio de agradecimiento que se hace frecuentemente en la meditación tiene efectos tan poderosos en el ánimo. También nos ayuda a recablear esas neuronas necias que prefieren irse por el derrotero de la tragedia que en fijarse que hoy el cielo está de un lindo color, que la voz de nuestra hija tiene un timbre que hala las cuerdas de nuestro corazón y que la mano que encontramos en el otro lado de la cama es cálida y nos espera.
Admiro a todas esas personas que han hecho una forma de vida el buscar lo bueno. Yo soy abogada de (de)formación y me encanta hurgar hasta encontrar el pelo en la sopa. Pero también hago el esfuerzo por fijarme en el hoyito que se le hace a mi niño en el cachete cuando se ríe, en recordarme que me gusta el olor a chocolate de mi crema corporal y que hay un par de ojos negros que me saludan (con mayor o menor grado de apertura) cada mañana. También he descubierto que no, no todos los carros son rojos.
