Consejos no Pedidos

En la vida hay que tener filtros. Para tomar agua, para el sol, para hablar… Los niños no los tienen y hacen pasar tremendos clavos a sus papás. Luego uno es adolescente y el que pasa clavos es uno, sobre todo con las cosas que dicen los papás. Como a los veinte años, uno cree que decir todo lo que se le atraviesa entre las orejas es ser «auténtico» y suelta cualquier sandez. Pero, verdaderamente, decirlo todo no es sinónimo a decir todo lo que uno piensa, porque, muchas veces, si uno verdaderamente pensara lo que va a decir, cerraría la boca y se miraría más bonito.

Aprender que la opinión que uno puede tener de la vida de alguien más es tan relevante como un hielo en la Antártida, es parte de madurar. Nuestros amigos rara vez quieren que uno les diga qué hacer, generalmente, cuando se pide un consejo, lo que se está buscando es que le confirmen a uno lo que uno ya sabe. Eso hace que nos tengamos que quedar callados, aun si vemos que nuestros amigos están a punto de hacer una estupidez. No es nuestro papel. Lo que sí tenemos que hacer es estar allí para ellos cuando quieran alguien que los consuele del trancazo.

Antes decía que yo advertía a mis amigas cuando me pedían un consejo. Ahora, creo que ni cuando me lo piden lo doy tan fácilmente. Yo no sé todas las circunstancias que rodean una decisión en particular. Prefiero quedarme con los filtros puestos.

El Disfraz

De pequeña, detestaba que mi mamá me disfrazara de payaso. Tengo memoria táctil de la sensación de la pintura en mi cara. Todo me picaba: la nariz, los ojos, los cachetes. Guácala. Ponerme vestidos de princesa ya era otro cuento. Los vuelos, los encajes, pelucas, lunares postizos y demás micadas me quedaban como anillo al dedo. Aún ahora, hay ropa con la que me siento disfrazada, maquillaje que me pica, zapatos que me lastiman. Admiro profundamente a las mujeres que salen a la calle todos los días como que las acabaran de estrenar. Lo he tratado de hacer. No puedo ni peinarme. En cambio, cuando me tocaba negociar con señorones contratos importantes y me ponía mis trajes de abogada (negros, siempre negros, pantalones, camisas, pelo agarrado, ojos pintados), me sentía poderosa y no importaban los años ni el pisto que me sacaran.

Hay una diferencia esencial entre vestirse para ocultarse y vestirse para reforzarse. Seguir modas, sólo porque lo son, lo hace a uno perderse entre trapos que ni le quedan bien, ni le gustan a uno. Ponerse una máscara para esconderse detrás de ella termina haciéndonos olvidar quiénes somos. A veces hasta una sonrisa falsa sirve de antifaz. Y no nos damos cuenta en qué momento nos desvanecimos.

La ropa que usamos, las palabras que decimos, los sentimientos que demostramos, todo debe ayudarnos a sentirnos poderosos, auténticos, más nosotros y mejores.

Sentirse todos los días como un superhéroe, salvando al mundo con cada una de nuestras acciones, por más pequeñas que sean, así debe comenzar la vida. Y, los superhéroes no usan disfraces, nos hemos equivocado. Usan armaduras. La mía ahora consiste en Keds y jeans y T-shirts de mamá, karateguis, piel. Y me siento poderosa.