Las estrellas

¿A quién no le gusta ver estrellas por la noche en un cielo despejado? Ese primer destello cuando oscurece, o el último esplandor cuando va amaneciendo. Me queda la expresión de pequeña «se apagan las estrellas cuando sale el sol». Cuando no es así, es sólo que salió una estrella mucho más brillante y opaca a las demás.

Creo que cada uno es el sol de su propio firmamento. En nuestra vida, cada uno decide su actuar. Pero también es importante tener estrellas que lo acompañen e iluminen en noches oscuras, cuando la luz de nuestro razonamiento no mucho que funciona. Estamos muy lejos de estar solos en este mundo y nuestro paisaje es más completo y hermoso mientras mejor aprendamos a colaborar con los demás. Pero hay que tener cuidado de encontrar personas que brillen también con luz propia y que no sean hoyos negros que nos arrastren. Hasta en el vacío del espacio hay trampas de luz que succionan todo lo que se les pone cerca.

Hay un momento mágico cuando el sol aún no ha salido, pero se mira su luz y las estrellas todavía se pueden distinguir. Pero todas al final se desvanecen y ya no las vemos, aunque sigan allí. Yo tengo varias luces que me guían en mi vida y que están siempre allí, aunque no las mire. Gracias.

Hacer Amigos

Mis recuerdos del colegio son escasos y desagradables. Tengo aún menos amigos de esa época. Irónicamente, es cuando más me he esforzado en caer bien. También es cuando menos me he agradado a mí misma. No tenía personalidad propia, no estaba feliz con lo que miraba en el espejo y cambiaba de parecer como veleta al viento.

Las personas tenemos necesidad de pertenecer a un grupo. Es parte de nuestro código de supervivencia, transmitido desde los tiempos de las cavernas, cuando el grupo cuidaba del individuo. La amistad, el amor, hasta la familia, surgen como herramientas para prolongar la existencia. No es lo mismo enfermarse solo, que entre más personas que tienen interés en que uno viva. Y así con todo: mujeres embarazadas o recién paridas, ancianos, niños pequeños.

En nuestra modernidad, la pertenencia es parte de nuestras necesidades psicológicas. Pero, como en todo, hasta eso lo hacemos difícil. Resulta que, si una persona busca desesperadamente que la quieran, porque no se quiere a sí misma, es probable que sea el recha más grande del grupo. A nadie le cae bien quien no se cae bien ni a sí mismo.

Cultivar el cariño propio es la forma más segura de obtener el de los demás. Es una lección que aprendí después de muchos momentos de soledad en los que tenía dos opciones: o sumirme en la depresión, o disfrutar de la compañía. Gracias a Dios, elegí la segunda. Ahora, el espejo me enseña alguien que me cae bien. Al parecer, eso mismo piensan mis amigos.

Querer Quedar Bien

De adolescente, recuerdo que me esforzaba mucho por caerles bien a todo el mundo. No recuerdo haber tenido mucho éxito. Las personas que quieren mucho quedar bien, terminan siendo desesperantes y probablemente así podían describirme. Para ser una persona que le sea agradable a todo el mundo, es necesario no tener aristas, no crear controversias, no antagonizar. Eso sólo se logra sin personalidad propia, siendo plano, sin sabor. En pocas palabras, una papa sin sal.

Una reacción es volverse tan lleno de opiniones propias que no nos gane un cactus de lo espinoso. Pero así tampoco conseguí muchos amigos. El vestirse con un manto de cinismo nos puede proteger del mundo exterior, pero no dejamos que nadie se nos acerque.

Seguir cumpliendo años y no desarrollar una personalidad propia, no puede ser considerado crecer.

El problema, como siempre, es encontrar un intermedio entre los dos extremos. Ni tan complacientes que nos borremos a nosotros mismos, ni tan espinosos que nadie se nos acerque.

Ahora que ya no soy adolescente desde hace algunas décadas, me encuentro con varias aristas y peculiaridades que jamás me hubiera atrevido a demostrar antes por temor a «caer mal». Y resulta que ahora sí tengo amigos que me aprecian, con todo y mis rarezas.

Constructos

Dicen que si mueres en un sueño, mueres en la vida real. Pero, ¿cuál es la verdadera vida? ¿La que llevamos dentro? ¿La que percibimos con nuestros limitados sentidos? Con cada sensación, recuerdo, pensamiento, emoción, ampliamos nuestra mansión mental. Por algo hay personas que prefieren vivir adentro. También, si lo que construimos es una casa de espantos, es de esperarse que jamás querramos disfrutar de nuestra interioridad.

Yo he sostenido conversaciones más satisfactorias conmigo misma, que con muchas personas que he tenido que toparme. También contengo dentro de mi imaginación el mundo que esté viviendo en el libro de turno. Soy más bonita, más inteligente, más encantadora y habilidosa en mi cerebro. Estar conmigo misma no es problema. Pero, también me gusta conocer otras realidades. No soy tan ermitaña.

Encontrar gente con arquitecturas mentales interesantes es uno de los mejores descubrimientos de la vida. Porque podemos compartir universos, explorar imposibilidades y arreglar el mundo. Todo empieza con una idea y considerarla entre más de una persona, mientras sea adecuada, la expande. El truco está en no dejarse apantallar por un buen repello exterior. Antes de unificar edificios, hay que cersiorarse que haya algo más que una fachada llamativa.

No hay ingeniero que pueda reparar los escombros de una vida deshecha, sin el consentimiento del dueño.

Yo sigo añadiendo cuartos a mi construcción y buscando vecinos de quiénes rodearme. Sólo espero no morirme soñando.