Resulta que sólo el 8 por ciento de la gente que se pone propósitos al principio del año las cumple. Pero la gran mayoría los hace. Y así, año con año. No aprendemos. ¿Y entonces cómo llegamos a donde se supone que queremos?
El niño dice que quiere no enojarse por cosas tontas. Primer error: querer cambiar su naturaleza. Nadie puede suprimir sus sentimientos sin enfermarse. Segundo: creer que, por el hecho de sentir, ya no queda nada qué hacer. Lo mejor en este caso es identificar el resultado que se desea. Y después de eso toca ver cómo se logra.
El último componente es encontrar el dolor. En qué postura duele más estar. Y huirle.
Los propósitos son vacíos. Hay que establecer caminos para hacer feliz la travesía. La meta, a veces, no nos motiva lo suficiente. Porque, nunca, el fin justifica los medios.
