Poner la energía donde no se disperse

Cocinar es un acto de magia, al menos de alquimia. Las cosas que preparamos para que los de uno se las coman y les gusten, sirven de enlace, de lenguaje, de pegamento para las relaciones. Compartir las preferencias de sabores son la primera marca de pertenencia de una tribu, la íntima. Invitar amigos de mis hijos a casa siempre implica un «¿Y qué le gusta comer?» que abarca el no querer simplemente comprarles una pizza, sino hacer al invitado parte temporal de la familia.

Allí pongo mi energía. En transformar los momentos juntos en algo que les llene el paladar de cosas agradables. La música también me sirve de puente, pero esa no la hago yo, sólo la pongo. Y las historias.

Lamentablemente, también se me va energía en pastorear tareas, vigilar consumo de internet, regañar y preocuparme. Allí no hay aumento de cosas buenas, sólo se me escurre la esencia y la puedo ver correr hasta dejarme.

Es casi imposible no tener de ambas actividades. Pero sí se debería poder no acabarse agotando siempre. Quisiera poder encontrar la fuente dónde recargarme. Al menos, por ahora, puedo entrar a la cocina a hacer algo rico.

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