Pedir Ayuda

Más que pedir perdón, creo que pedir ayuda es de las cosas que más me cuestan. «No puedo sola» tiene, para mí, el mismo significado a «soy inútil, no sirvo, no puedo con nada.» Es como una admisión de algo vergonzoso, porque yo debería de poder hacerlo todo, y bien. No es que me crea todopoderosa, sino que no me enseñaron a admitir mis carencias.

Para identificar en dónde se necesita un conocimiento externo, o que alguien más corrija una falta, se requiere mucho valor. Es casi como exponerse al mundo en traje de baño: todos pueden ver de lo que padecemos. Esta costumbre es completamente estúpida. ¿De qué cuenta creemos que es malo aceptar un defecto? Luego vamos por allí, como gallinas sin cabeza, tratando de hacer todo lo que ofrecimos y sabemos perfectamente bien que no podemos cumplir.

Parte de tener relaciones interpersonales exitosas (de pareja, de amistad, de trabajo) es complementar habilidades para lograr un mejor trabajo. El verdadero líder identifica perfectamente en dónde no puede solo, se rodea de la gente que hace las cosas mejor que él y las delega. Eso de ser la persona más talentosa en un grupo se vuelve aburrido muy rápido.

Estar entre gente que lo puede sacar a uno de un apuro, que tiene otros conocimientos y otras habilidades, enriquece la vida, porque uno no puede abarcarlo todo. Y tiene un efecto liberador: el autoconocimiento lo desprende a uno de nociones engañosas y le permite trascender. Y, después de palabras tan profundas, voy a ir a practicar decir otras más cortas, pero más difíciles: «No puedo sola.» Argh.

 

El Loop

«¡Tengo una excelente idea para el post de hoy!» Corro a sentarme y arreglar teclado con iPad, ver que esté la conexión de internet, que los niños estén atendidos, abro el programa, comienzo a escribir y ¡zaz! ya había posteado algo similar. Podría dividir este blog en unas cuantas categorías: 1. desahogo psicológico de la infancia; 2. objetividad relativa; 3. desviaciones del lenguaje; 4. habilidades no aprovechadas. Y así va mi cerebro, como el famoso hámster del que ya les he hablado, que se faja corriendo en su ruedita, pero que no avanza.

La base de toda la filosofía humana descansa sobre esas preguntas esotéricas para las que no hay una respuesta concreta: ¿por qué estoy aquí? ¿de qué estoy hecho? ¿quién soy? Si el ser humano no se hubiera formulado esos cuestionamientos, probablemente no hubiéramos bajado de los árboles. Y, aunque a veces eso no suena tan mal, tampoco tendríamos cosas como el lenguaje, la tecnología, los helados…

La genialidad brota cuando uno se rasca la comezón intelectual y escarba tratando de tocar el fondo de un pozo sin fin. ¿Si el mundo a nuestro alrededor no nos molestara, de dónde saldría el arte? Y así vamos, caminando la espiral del devaneo filosófico, no sabiendo a ciencia cierta si nos acercamos o nos alejamos de una verdad, que pueda ni siquiera existir.

Y por eso resulto escribiendo de temas recurrentes, que suenan en mi cerebro como el loop de una cancioncita desesperante. Espero malvadamente que se les pegue.

Negar los Hechos

El gato que rescatamos de una alcantarilla, el que no pesaba ni una libra, cinco meses después es más grande que el perro de mi suegra (el cuál es un chucho de esos cuasi-ratas, pues, pero igual). Cuando recién estaba en casa, cabía bajo todos los muebles con facilidad. Ahora, obviamente, ya sólo cabe bajo la mesa del comedor.

Los animales observan el mundo a su alrededor como una serie de hechos irrefutables que perciben a través de sus sentidos: pasan los bigotes, paso yo; no pasan los bigotes, no paso yo. Blanco o negro. No hay mucho espacio para discutir. Dichosos.

Nosotros los humanos somos tan inteligentes, que nos damos el lujo de no creer lo que percibimos por medio de nuestros sentidos, hasta el punto que negamos las cosas que tenemos enfrente. Me cierra el zípper, quepo en los jeans; no me cierra el zípper, igual me tiro desde el segundo piso para caber en los jeans. Olvídense de escalas de grises, esta es la paleta pantone completa.

Llegamos al colmo de utilizar diferentes definiciones para una misma palabra, haciendo que nuestra principal forma de comunicarnos, que es el lenguaje, sea ambigua en el mejor de los casos, engañosa en el peor. Y todo es porque le pegamos sentimientos a nuestro entorno. Unos jeans no son una simple prenda de vestir; son los jeans que me compré después de un año de estar a dieta y que al fin bajé una talla y que usé el primer dinero que me gané escribiendo y que fui a escoger con mi mejor amiga a quien tenía dos años de no ver y que usé para el primer concierto al que fui con mi novio que ahora es mi esposo… ¿Ven por dónde va la cosa? Con esa carga emocional, ¿quién jodidos me va a decir a mí que no quepo en los benditos pantalones? Y, mientras me cortan la circulación de la espina dorsal, yo me niego a ver lo evidente y sólo pienso en lo que representan.

La vida tiene color porque se lo damos y las cosas tienen importanci, porque se la ponemos. En el mundo, todo es neutral, hasta que nosotros tomamos una postura. Y eso está bien, no somos robots. Pero tal vez sería menos complicado no ser tan engazado y tratar de aceptar los hechos a nuestro alrededor, como lo hacen los animales.

Y ahora, me disculpan, tengo que ir a sacar al gato que se quedó trabado debajo del sofá.

Ver Doble

Tenerte cerca y pensar en loncheras, buses, bloqueador solar, peinar niña, hacer desayunos, oficina, trabajo. Desperdicio de vida compartida el que se nos llene de lo que hacemos para vivir. Cuando lo que quiero es hacer lo que sólo puedo contigo. Las pláticas interminables arreglando el mundo a nuestra manera. Y tomar el vino especial que sólo abrimos para nosotros. Y mostrar mi lado más ácido para hacerte reír, en concurso de quién ahoga al otro primero. Y recordar tu cara descubriéndola de nuevo. Y confirmar que me gustas. Y que es mucho, demasiado. Y que todo eso sólo es el preámbulo para estar contigo y compartirme. Porque la vida la pudiera pasar contigo, solos, saliendo al mundo a comer y nada más.

Pero decidimos vivir juntos el resto de nuestros días y la vida se nos atraviesa.

 

 

 

La Pasión de la Rutina

La vida entera parece un ciclo. Un día sigue a otro. Los años sólo cambian de número. De lunes a viernes se sacan los niños al bus. Cada mes están las mismas cuentas qué pagar. Hasta en los ritos más íntimos hay una repetición. La rutina, la costumbre, el hacer las cosas «porque siempre se hacen así». A nadie le gusta que le digan que su vida es rutinaria. Pero yo encuentro una familiaridad en la rutina que me da paz y libertad. Si yo no tuviera una rutina para vestirme, probablemente saldría a la calle sin desodorante, porque se me olvidaría. Mi mente estaría mucho más preocupada en detalles como «¿a qué hora comemos?», que en gozarme las conversaciones de mis hijos al almuerzo.

Hay un «flow», un estado casi esotérico de trabajar (de hacer cualquier cosa, la verdad) que describen como que el cuerpo toma el control y uno sólo tiene que dejarse llevar. O la famosa «memoria muscular» que le permite a los atletas desempeñarse siempre con la misma buena técnica. Pero todo eso sale de una repetición casi lobotomizadora de procesos, movimientos, rutinas. Si yo todavía tiro mal un golpe, siempre voy a estar pendiente de mis movimientos para no volverme a romper la mano y voy a ser más lenta. Pero si me grabo cómo soltarme, ya no tengo ocupada la mente en el puño y eso me da libertad. Los esquemas sirven para mejorarlos, para salirnos de ellos, improvisar e innovar. Si no entendemos y manejamos las reglas, no podemos saber si las estamos rompiendo, o sólo haciendo un mamarracho.

También hay que tener en cuenta que la costumbre a veces ayuda a pasar por un momento en el que falla la pasión. Los sentimientos no son constantes y una relación no se puede basar en «hoy se me antoja quererte y hoy no». Así no hay matrimonio que dure. Pero si siempre se trata uno con respeto, siempre se demuestra cariño, siempre hay momentos íntimos, la pasión generalmente regresa como el hijo pródigo y ¡Zaz! ya está uno ardiendo.

Es gracias a seguir un esquema algo cerrado, que tengo la libertad de escribir todos los días. No siempre me salen genialidades, pero siempre estoy allí para el momento en que éstas llegan.

El Mal Humor

No es excusa de nada. El que me haya levantado con el pie izquierdo, que todo me haya parecido fatal ayer, que hasta el tocino me haya sabido feo. Que no suenen campanas ni bajen las hadas con polvo mágico cuando me acerco a mis seres queridos. Que la niña se haya hecho una mascarilla corporal con goma y luego se haya gastado todo mi jabón de la cara. Que el niño no se coma el pescado que le hice especial, ése que ni a mi marido le gusta, pero que le toca comerse a regañadientes. Que al fin me haya decidido comer un helado, rompiendo dieta para nada, porque estaba feo. Que ya no tenga ganas de comerme la comida que compré a propósito de una cena especial, porque estoy nerviosa y no sé por qué. Que haya tanto calor que sudo sólo de estar sentada. Que se haya «encogido» el short que me quería poner. Que tenga ganas de tener ganas y que no me den.

Nada es excusa para no seguir viviendo de forma educada. Para no dar un buenos días y una sonrisa, aunque sea de ésas pela-dientes. Para no decir un «te quiero» al pulgo que pasa al lado. No tenemos permiso de rematar contra todos y contra todo, porque la procesión se lleva por dentro y sólo se exterioriza el sentimiento, pero no debe alterar nuestra conducta. Madurar y adquirir inteligencia emocional implican reconocer cómo nos sentimos, aceptarlo, encontrar las causas y solucionarlas si se puede y seguir adelante.

Porque la vida continúa y las relaciones están allí y depende de nosotros no haberlas arruinado en un momento de enojo tonto que, a nosotros puede que se nos pase, pero que pudo haber tenido repercusiones fuertes. Quién sabe qué tanto queda en la memoria de un niño una mamá gritona y exigente. No puedo decirle a mis hijos que no hagan berrinche, si yo misma me disparo unos de campeonato. Imposible.

El día tiene veinticuatro horas. Ayer eso fue lo que agradecí en la noche. Que sólo tiene 24 horas. Hoy comenzamos con risas y cariños. Menos mal.

Poner un Clasificado

Estando soltera, me disparé una lista como de súper de las cosas que quería en un hombre. Algo así como poner un clasificado para un puesto. Claro que mi mamá se rió de mí. Lástima que no la escribí en ese momento, porque todo lo que puse, eso es con lo que me duermo y despierto. No creo que sea cuestión de suerte, sino de traer a la mente en lo que uno tiene qué fijarse. Es como cuando uno se compra un carro de un color particular y, como por arte de magia, ya sólo mira los carros del mismo tono.

Tener las reglas claras desde un principio es una de las habilidades más útiles que se pueden adquirir. Generalmente, todas las relaciones comienzan bien (las de cualquier tipo, incluyendo las laborales). ¿Por qué? Tal vez porque sólo nos estamos enfocando en buscar cualidades que queremos y no nos proyectamos en el tiempo para establecer cómo vamos a lidiar con las adversidades. El problema es que no queremos ofender al otro, soltándole una fórmula para resolver conflictos en la primera cita. Obvio que no se trata de entrar con la espada desenvainada, así es más probable que terminemos poniéndole reglas sólo al gato (o los gatos) con los que vivamos en recluimiento. Pero es justo para todas las partes dejar claro en qué momento de nuestras vidas estamos. Si entramos a trabajar a un lugar sin averiguar cuáles son nuestras funciones y cómo nos mira la compañía en los siguientes 5 años, nos condena a pasar en el mismo puesto, con atribuciones nebulosas y sin un camino claro que sólo genera descontento.

Creo que lo mismo aplica para las relaciones personales. Saber qué se quiere y qué no se tolera, a dónde vamos con una persona en particular (que puede ser sólo a la cama o a comprar casa juntos, no importa) y compartir esas expectativas, sirve como una póliza de seguro contra corazones rotos. Por supuesto las interacciones entre humanos son plásticas y hay cambios constantes, pero yo creo que no nos mueven mucho de nuestra base principal. A mí me va a molestar siempre que dejen la tapa del inodoro levantada. Siempre. También siempre voy a querer un beso de buenos días. Siempre.

Así que, mi lista de necesidades la hubiera podido publicar en los anuncios de «personales». O no. Pero sí fue bueno que la hiciera.

El Final del Día


Que caiga el sol sobre mi cama llena de gente, dos escuchando y uno leyendo y yo tomando fotos de tres espaldas juntas, borra tráficos, carreras, regaños, enojos. O, mejor, no los borra, les da sentido.

Abrir las puertas de mi casa a amigos que quieren compartirse conmigo, me da una dimensión de lo que he ganado aprendiendo a ser empática.

Servir un vino en dos copas, o cuatro, o diez y comer rico y reír, le da vida a los muebles y demás cosas inertes.

Escuchar mi propio humor ácido salir de una boca de siete años me enseña un futuro lleno de bromas compartidas.

Recibir las fantasías marcianas descritas en un vocabulario mezclado de casi cinco años me recuerda mis propios cuentos.

Ver que mi vida está llena de todas las cosas que no se pueden comprar, sentir cómo se ablanda y agranda mi corazón y que no me alcanzan las palabras para agradecer en dónde y con quién estoy parada. Nunca había querido seguir viva tanto como ahora.

En Boca Cerrada

Dicen que en el transcurso de un día, nos tragamos cualquier cantidad de bichos, sobre todo cuando dormimos. Es de esos pequeños detalles descubiertos por la ciencia moderna, que hubiera podido ahorrarme conocer. O sea,  a falta de dormir con una máscara, prefiero ignorar ese dato. Cosa que también puede aplicar a la falta de filtros al hablar. A veces es más dañino para nuestra salud una palabra mal dada que una pequeña cucaracha perdida.

Lo que no es aceptable mantener cerrado es la mente. Está muy bien tener valores firmes, pero atrincherarse detrás de una visión cerrada del mundo, sólo hace que se nos atrofien las neuronas. La genialidad no está en poder producir contraargumentos, sino en considerar dos cosas contrarias, ver el valor que hay en cada una y aceptar cuando la otra postura tiene razón. ¿O qué? ¿Tan seguros estamos de nuestra infabilidad que preferimos ni siquiera escuchar una discusión amable entre amigos que opinan diferente que nosotros?

Darse un paseo por redes sociales es contemplar un paisaje variado de personas que van del extremo del hermetismo, hasta la veleidad de cambios abruptos de personalidad. Y está bien. No vamos a crear el nuevo tratado de filosofía moderna a partir de chatuiteos de quinimil menciones. Por lo mismo, tampoco podemos exigir profundidad en 140 caracteres. Pero sí tenemos la obligación de aprender de los demás, no importa qué tan distantes estén de nuestra forma de pensar. Digo «obligación», pero es más una sugerencia para aventurarse en un camino diferente.

No permitir que entren ideas distintas a nuestro cerebro, es, hasta cierto punto, admitir que nuestros argumentos tienen alguna falla. La verdad absoluta existe fuera de nosotros y cada uno tenemos una parte. ¿Por qué no descubrir los pedazos que nos hacen falta? Por lo menos podemos tratar de encontrarlos. Y tal vez si nos inventamos una malla para la boca, dormimos más tranquilos.