Me toca estar ahora del lado de los papás en las conversaciones incómodas. Sentar al recién entrado en la adolescencia en el comedor y preguntarle cosas es un estudio en caras de aflicción. Es instintivo, supongo, que el joven crea de primera impresión que va a ser sumamente puteado. Aunque no sea así la mayor parte del tiempo.
Nos toca modelar para los hijos las actitudes que quisiéramos que tuvieran. Lo difícil es que necesitamos que se comporten como gente decente, precisamente cuando no están en frente nuestro. Y, como es imposible estar completamente enterados de lo que hacen todo el tiempo, sólo nos podemos encomendar a la deidad de nuestra convicción para que los ilumine un poco.
Me pasa además, que lo que mis hijos viven en sus vidas es radicalmente distinto de lo que yo tuve como normal. Hay más en común entre la forma en que se criaron mis abuelos y yo, que entre yo y mis hijos. Hasta los aparatos de comunicación son distintos. Y es allí en donde tenemos simplemente que confiar en que el cariño, la apertura, la firmeza y la claridad, sean suficientes para que no se pierdan entre el universo de posibilidades modernas. Y, claro está, siempre lo podemos sentar en la silla del acusado y verlo fijamente hasta que confiese. No falla.
