No todo se debe decir

Trabajar con adolescentes debe ser agotador. Sobre todo si son alumnos impertinentes. Ya ser madre de dos requiere escapadas ocasionales a lugares sin gente, preferiblemente con gatos y libros. Igual no me puedo deshacer de ellos y me toca educar. Parte de eso es hacerles ver que no todas las «brillanteces» que se les ocurren son chistosas y mucho menos adecuadas.

Yo no padezco de mucha ofensa. Suelo tomarme las cosas poco personales. Pero hay botones que sólo mis hijos saben cómo presionar y allí requiero de todo el músculo desarrollado en la meditación para no darles un zopapo digno de una visita al dentista. Primero, porque me sale caro. Segundo, porque ellos no saben y a mí me toca enseñarles. La empatía definitivamente no es un valor que pueda enseñarse a bofetadas…

Recientemente al niño se le ocurrió decirme que cumplir años era simplemente estar más cerca de la muerte. No deja de tener razón y generalmente no es algo que me hubiera importado. Salvo que fue en el contexto de yo decir que al fin tengo ganas de cumplir años… Cierto, pero mal momento para decirlo. Así que toca explicar en dónde no es ni chistoso, ni adecuado, y mucho menos amable. Espero que me entienda a palabras.

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