No querer nada de nadie

Es muy fácil llevar la vida diciendo: «si lo tengo qué pedir, ya no lo quiero». Buen mecanismo de defensa. Porque nos pone en una situación de invulnerabilidad, al menos supuesta. Si no enseñamos nuestras necesidades, no hay forma que nos las nieguen y es un dolor menos. Pero…

Yo quiero muchas cosas, quiero cariño, afecto, atención, pláticas, caricias… No siempre y no todo el tiempo, pero sí en cantidades navegables en el momento que toca. Y me ha costado aprender a pedirlo, porque hay que pasar un proceso de aceptación: primero, debo creerme que me lo merezco. Esa ha sido una parte de años y años, consecuencia de muchas partes rotas del corazón y de otras tantas decepciones. Lo segundo es que debo entender que nadie es adivino y que poco pueden saber qué necesito si no lo digo. Darle la oportunidad a alguien de darme lo que quiero también es una demostración de cariño.

Tal vez es cierto que no necesito nada de nadie. Pero sí me gusta y no tengo miedo a pedirlo.

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