Yo sé que todos estamos solos en este mundo. El problema es que algunos lo sentimos más de cerca que otros. No es queja, tal vez es añoranza. Yo veo a la gente que es cercana a su familia y me agarra un sentimiento entre tristeza y agradecimiento. Llevo mucho tiempo sin tener que rendirle cuentas a nadie más a que a la persona en el espejo, pero también sin tener unos brazos en donde desahogarme por completo. Es lo que hay.
La familia sirve para todo. Para enseñar cómo cambiarle el pañal a los bebés, para que le cuiden a los hijos unas horas en las que se trata de reparar el agotamiento, para dar consejos. Para compañía. Es el pueblo en el que uno crece con cosas en común, con esos lazos que forja la sangre y el ADN. Nada como la familia. Y tampoco hay lugar de mayores desentendimientos. No puedo imaginar peleas mayores que las de hermanos por una herencia, hermanas por la atención, padres e hijos por la crianza. Somos tan complejos los seres humanos, que queremos compañía, pero no todo el tiempo. Y siempre hay, si no sacrificios, negociaciones en las que se da y se pierde.
Aprendí a hacerlo todo sola y a no depender de nadie. No sé si sea bueno o malo. Es lo que hay.
