Debo confesar que es primer año de mi vida que forro libros y cuadernos. Mi mamá me hizo los míos siempre y Glenda hizo los de los niños hasta este año. Cómo la extraño… Sobre todo porque me quedan horrendos. Tres cuadernos parecen forrados por un niño de dos años. El resto por uno de diez. No, mentira, mi hija de diez años forró mejor sus cuadernos que yo.
Pero lo estoy haciendo. Hay cosas que mejor terminar, no importa el grado de excelencia, porque ponerse tikismikis sólo impide el progreso. El chiste es que los cuadernos estén protegidos. Lo están. Que tengan cierto color. Lo tienen. Y que los tenga ya. Ya estuvo ya. Desgastarme en la perfección de cosas que no la valen, me quita demasiado espacio emocional y ya de por sí ése es escaso.
Las cosas buenas, como dedicarle el tiempo a mis enanos para forrarle sus libros, hacerles comida, escucharlos, pueden no ser perfectas todo el tiempo. Pero tienen qué hacerse de forma constante para compensar las burbujas de aire y las arrugas en el forro. Espero. Si no, ya tendré el siguiente año para volver a practicar.
