Ver a los hijos implica tratar de encontrarse en ellos. Mi madre decía que si los niños eran bonitos se parecían a mi familia y, si no, a la tuya… Pero más que eso, uno mantiene ese instinto de preservarse en algo concreto como la línea de la quijada o el arco de las cejas de otro ser que lo lleva a uno en sí. Tal vez es la única certeza que tenemos que vamos a trascender.
La humanidad entera ha evolucionado para poder propagarse, aún a costa de la especie misma. Se dice que antes de ser agrícolas, teníamos vidas más interesantes, mejor dieta, mejor salud y más tiempo de descanso. Yo sí creo que mi cerebro no está hecho para andar tres horas en un vehículo de un punto conocido al otro todos los días. Ni siquiera estoy segura que estar sentada sea la posición ideal para mi cuerpo. Pero la revolución agrícola nos sirvió para poder tener más hijos y aumentar nuestro número. Ese imperativo de perseverar, multiplicarnos, replicarnos.
El verdadero peligro para uno que tiene hijos es creer que su única función es ser pequeñas copias del original. Que les toca llevar alguna especie de estandarte que nos continúe. Antes se hablaba de preservar «el apellido» como si un conjunto de letras fuera importante.
Yo sólo me maravillo haberle pasado algo de mí al exterior de mis hijos y me preocupo de lo que les pueda estar dando en el interior. Porque más que perpetuarme en ellos, quiero no pasearme y eso tiene mucho más qué ver con lo que les enseño que con lo que les he heredado.
