Debe haber algo disfuncional en mi composición emocional que me hace sentirme mal de poner límites si creo que voy a ofender a alguien. Se me ha ido quitando con la edad. Puedo decir sin titubear que no me toquen. Y luego lo reviso mil veces en mi mente porque me da remordimiento haberlo hecho. Es complicado.
Queremos quedar bien. Ser parte de un grupo y sentir que pertenecemos. Perdemos un poco de agencia sobre nuestras preferencias pero a cambio recibimos aprobación. El caso es que no todos los grupos ni todas las aprobaciones son positivas. Identificar cuándo vale la pena el intercambio es una tarea que se aprende con el tiempo y los golpes.
Sigo pensando en cómo puse un límite claro. Aunque me molesta un poco haberlo hecho, creo que me hubiera sentido peor dejando pasar algo que me tenía incómoda. En la balanza, está bien sentirme un poco mal. Lo otro hubiera sido peor.
