El último tatuaje que me hice es mi mantra: “El control no es poder”. Me ha costado dolor, desvelos, pérdidas y años aprender qué significa. Hasta que entendí a soltar la ilusión de quererlo todo ordenado y planificado. Las cosas se deben preparar, claro, pero también dejarlas ir. Como una buena salsa verde que lleva los mismos ingredientes básicos con las variantes del día.
La base, lo fundamental no cambia. Pero dudo que un árbol, hasta el de raíces más profundas, pueda y quiera saber exactamente hacia dónde se tuerce cada una de sus ramas. Se vale liberar la necesidad de tenerlo todo de cierta forma.
Me permito cambiar la receta de mis cosas. Puedo hacerlas ricas siempre. Allí está mi poder.
