Las metas que no se logran

Este año no tenía ningún propósito personal aparte de terminarlo. No suena a mucho, pero después del período 2016-2017 de mi vida, era suficiente. 

Me encantan las personas que se sientan a trazar las metas de su vida, con cosas concretas y planes detallados. Cuando se tiene un fin específico, se puede un concentrar en poner la energía y la atención a obtenerlo. El colegio, la universidad, un negocio, un contrato, todo eso es tangible y fácil de medir si se logra o no.

Lo mío en estos años ha sido efímero, abstracto, recurrente, insustancial. Ni siquiera puedo afirmar haber logrado algo más que despertarme todos los días. Escribir es otra forma de respirar para mí y no lo estoy contando como un logro. Haber llegado a diciembre con mi vida más o menos por el mismo camino que como lo empecé, sabe a victoria de ésas que se celebran en un cuarto sin fanfarrias. 

Mis metas tienen qué ver con que mis hijos crezcan sanos de cuerpo y espíritu y que se sepan amados. No sabré si lo logré hasta que yo ya no tenga influencia sobre ellos. También tienen qué ver con darme un espacio a mí misma para fallar. Aún no sé si sirve de algo más que para meter la pata, pero la terapia ayuda a no salirse demasiado. Y terminan relacionadas con crear lazos emocionales edificantes con personas a las que quiero. En este año nadie salió de mi vida y agradezco la compañía que he obtenido.

No tengo metas concretas. No sé ni siquiera si logro las que tengo. Pero ya viene otro año y toca volver a empezar con una rutina que tal vez me entregue alguna satisfacción al final. Aunque no lo mire. 

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