La palabra perfecta

Me encanta hacer traducciones, porque generalmente leo unas que me dejan insatisfecha. Hay una pieza adicional al momento de pasar un texto de un idioma al otro que, si se deja fuera, muestra un agujero en la comunicación, se siente como si se le hubiera pasado algo en la intención al autor. Adicionalmente, en español tenemos tendencias de lenguaje tan marcadas entre los diferentes países, que no es lo mismo leer una obra traducida al español de España que al de Argentina.

Esa insatisfacción es la misma que se siente cuando uno habla con alguien que no le entiende la intención. Aunque sea en el mismo idioma. Porque no se llega a una comunión de definiciones y eso tiene más qué ver con la emoción que hay detrás de las palabras que se usan que con el entendimiento puramente lingüístico. Cuando uno está expresando qué necesita de la otra persona en cuestiones sentimentales, lo que yo entiendo como intimidad puede ser (y es, necesariamente es) diferente de lo que el otro quiere, entiende y necesita. No poder trasladar ese concepto y otros de forma entendible y concreta es uno de los misterios más grandes para humanos que se supone que usamos el lenguaje para entendernos.

La palabra perfecta resulta no ser la más complicada, sino la que mejor se entiende. Aunque sea que para la otra persona tenga que usar dibujitos. De nada me sirve un vocabulario amplio si no me comunico.

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