Era Hércules

Acabo de pasar una mañana entera pensando que no es Ulises de quien quería hablar, pero no recordaba el nombre del otro héroe. Repasé mi mitología, recordé las pruebas a las que lo sometieron, pensé en un capítulo de Asterix y Obelix, pero el nombre se me escapaba con más éxito que Ícaro. 

Tal vez nuestros cerebros no están hechos para recordar nombres. No debe haber sido esencial en la época en que éramos tribus de no más de 150 personas. Teníamos que conocernos entre todos y ya. Los de las otras tribus, irrelevantes. Además que eso de la identidad propia, separada del clan, es algo muy moderno. Tantos nombres que quieren decir “hijo de, hija de, panadero, cabalga cerdos…” Un nombre propio, seguido de un apellido diferenciado, eso con lo que nos presentamos y sentimos que nos define, es más de estos tiempos. Somos individuos y no nos identificamos con lo que hicieron nuestros antepasados. Es más, hemos cruzado tantas fronteras y mezclado tantas etnias, que no podemos asegurar de dónde venimos. 

Creo que es irrelevante. Que hay libertad en identificarme como persona y seguridad en saber a qué grupo pertenezco, aunque ése también sea ficticio. Y, tal vez, preferiría hacer cosas lo suficientemente importantes como para que perduren en la memoria, mucho después que se desvanezca mi nombre. 

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