El momento de vejentud

Ayer tenía el teléfono en la mano, lo dejé, arreglé mi ropa del día siguiente y, cuando lo busqué, ya no estaba. Yo molesto con que hay duendes en la casa (uno de los llaveros no aparece, por ejemplo), pero lo cierto es que tuve un momento de desmemoria. Terrible. Pasé lo que sentí eran veinte minutos dándole vuelta a mi clóset sin éxito. Tuve que pedir que me llamaran (cosa que no iba a servir de mucho porque siempre tengo el teléfono en modo silencioso) y, para mi fortuna, lo había dejado boca arriba, así que le pude ver la luz dentro de un zapato. Donde yo no lo puse.

Yo siempre he sido despistada. Mi mamá decía que no perdía la cabeza porque la llevaba puesta en el cuello. Pero, más allá de eso, sí hay un declive cognitivo con la edad. Puede ser la agilidad decreciente de nuestras conexiones neuronales. O que el espacio en el cerebro se va haciendo menor y le caben menos cosas. O, simplemente, que uno comienza a olvidar la vida preparándose para dejarla. No voy a decir que no sé qué sea, porque suficientes estudios he leído al respecto. Lo que no sé es con qué finalidad nos sucede. Tal vez no la haya.

Dentro de todo, sigo recordando el olor de mi padre y el tono de voz de mi madre. La sensación de mis hijos cuando los cargué por primera vez. El nombre de mi primer novio. Cuando vi la Vía Láctea. La aventura que me contó mi hija al bajar del bus y la felicidad de mi hijo al ganar un partido de fut. Todas esas cosas las recuerdo vívidamente. Compensan el lapsus horrible de no encontrar un pinche teléfono. Aunque sigo pensando que fueron los duendes.

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