El mayor detonante

Uno conoce qué lo enciende como canchinflín en Navidad. Ese botón que le presionan a uno y causa la tormenta del siglo. Porque siempre es el mismo y, probablemente es la misma persona la que lo apacha. Detonantes, les digo, porque sí exploto.

Cuando uno se va conociendo, esos detonantes son menos y uno los hace más pequeños, menos catastróficos. Es parte, no de dejar se sentir, pero sí de no reaccionar sin pensar. Quitarle importancia a lo que no debe tenerla es uno de los regalos de la edad.

Pero poder estallar tiene sus ventajas, sobre todo si impulsan acciones concretas que nos ayudan a protegernos, a avanzar o a cambiar lo que no nos gusta. Los ratos colorados, con propósito, son constructivos. No se trata de ser rinoceronte en cristalería, pero sí se vale romper lo que no sirve. El reto es diferenciar lo uno de lo otro.

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