El límite del ingenio

Quiero hacer un mural en la pared de mi terraza. Tengo una idea muy buena y lo puedo ver en mi mente tan claro como si ya estuviera allí. Un problema: carezco del talento necesario para traspasar la imagen que tengo en el cerebro a la pared. Si pudiera hacer una impresión directa, la cosa sería perfecta, pero no. Tengo que conformarme con, o hacer un trabajo medio mamarrachoso, pero mío, o encargárselo a alguien más que lo haga bien. Cualquier opción no me satisface, porque yo sé qué quiero y cómo lo quiero y si no lo puedo hacer yo, dudo que lo pueda hacer alguien más que no está en mi cabeza.

La genialidad es a veces una luz que se queda encerrada en un cuarto sin puertas ni ventanas. De poco sirven ideas que pudieran iluminar el mundo si no hay forma de transmitirlas, amores sin poder decirse, canciones que no se pueden escribir. Por eso bien vale la pena aventarse a hacer las cosas que uno quiere, aunque no salgan perfectas. Aunque uno tenga que borrarlas y volverlas a hacer, hasta que estén bien. En el proceso hasta se mejora la idea.

Ya al menos salí a hacer el primer bosquejo que me quedó tan mal como me lo temía. Qué bueno que llueve y se borra.

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