Que caiga el sol sobre mi cama llena de gente, dos escuchando y uno leyendo y yo tomando fotos de tres espaldas juntas, borra tráficos, carreras, regaños, enojos. O, mejor, no los borra, les da sentido.
Abrir las puertas de mi casa a amigos que quieren compartirse conmigo, me da una dimensión de lo que he ganado aprendiendo a ser empática.
Servir un vino en dos copas, o cuatro, o diez y comer rico y reír, le da vida a los muebles y demás cosas inertes.
Escuchar mi propio humor ácido salir de una boca de siete años me enseña un futuro lleno de bromas compartidas.
Recibir las fantasías marcianas descritas en un vocabulario mezclado de casi cinco años me recuerda mis propios cuentos.
Ver que mi vida está llena de todas las cosas que no se pueden comprar, sentir cómo se ablanda y agranda mi corazón y que no me alcanzan las palabras para agradecer en dónde y con quién estoy parada. Nunca había querido seguir viva tanto como ahora.
