El coleccionista

El coleccionista que vive en el espejo, al fondo del armario sin edad, es un avaro que no comparte sus tesoros. La superficie de su lado del cristal está separada en piezas de rompecabezas. Recolecta las que más le gustan y las almacena en orden cronológico para sacarlas y examinarlas a su gusto en sus momentos libres. El resto del tiempo se dedica a cazar las próximas adiciones a su colección. Ha pensado catalogarlas por expresiones; sonrisas, enojos, llantos. O por anatomía: ojos, bocas, manos, pies. Pero regresa a ordenarlas por fecha. Es la única forma que tiene de saber cuánto ha pasado haciendo lo mismo. No recuerda nada antes y no puede pensar en algo después. 

La cacería involucra mucha paciencia, lo aprendió luego de precipitarse a agarrar algo que le llamó la atención al principio de su estadía dentro del espejo. Vio la punta de un pie de niña calzado en zapatilla roja asomándose debajo de un vestido blanco y la agarró de inmediato. El pedazo de espejo que quitó para quedársela lo tiene guardado en un lugar especial. El resto del cristal, desperdigado por el suelo, por poco daña a la niña de la zapatilla roja y su madre se preocupó tanto, que no reparó el mueble por temor a que su hija volviera a romperlo. 

Pasaron muchos años entre un espejo y otro, el hombre casi se desvanece de aburrimiento. Los sonidos no se pueden guardar, los pensamientos tampoco. Las piezas que ya tenía en ese entonces no alcanzaron para armar un cuadro completo; demasiadas narices, pocas orejas, muchos pies izquierdos, pocas manos derechas. 

Repararon el espejo y volvió a atrapar los mejores pedazos de la gente que llegaba a asomarse a su ventana. Si una mujer, por ejemplo, se miraba en ese mueble, podía irse de allí con la impresión de haber perdido algo. Tal vez nunca pudo volver a sonreír de la misma forma. O se destiñó el verde de su blusa favorita. Un hombre dejó de percibir las formas redondas con el ojo izquierdo y un niño, cosa extraña y trágica, perdió la habilidad de escuchar la nota Do en el oído derecho. 

Poco a poco, el coleccionista fue acumulando suficientes partes para armar diseños completos, seres fantásticos construidos de pedazos perfectos que, en conjunto, sin la armonía que aportan los defectos, no satisfacen del todo al hombre que los reúne.

El día que el hombre de adentro vio al de afuera contemplándose con expresión de pregunta no supo cómo reaccionar. Lo quiso todo, desde ese cabello suelto hasta los zapatos gastados. No hablemos de amor, pero sí de obsesión. Abarcó al hombre del otro lado del espejo con las manos y quiso recoger todos sus pedazos. Se rompió y no le dejó nada qué guardar. Sentado entre los retazos de su anhelo, se puso a llorar, no supo si por primera vez o si nunca había dejado de hacerlo. Esperó en silencio, desconectado de su realidad, a que repararan su pedazo de mundo. Esa vez fue rápido, tal vez una semana en el exterior. 

El hombre perfecto se contempló de nuevo, con curiosidad, y extendió su mano para tocarse a través del espejo. Todas las superficies que nos reflejan mienten, esconden un mundo al que entramos cuando le damos la espalda y que no podemos ver al darnos la vuelta. Creyó entender un movimiento retardado de otra mano siguiendo la suya y todo se hizo pedazos de nuevo. 

El coleccionista se maldijo. De nuevo traicionado por su avaricia. Tenía que atrapar esa imagen por pedazos, no entera, para que no se despenicara. Pero su deseo siempre lo arrastró y así se rompieron veinte espejos y repararon otro tanto. Ni uno puede dejar de verse y buscar lo que lo desea, ni el otro se puede contener. 

La última vez que el hombre perfecto se vio en ese mueble, ya con canas y cansancio, el coleccionista se sentó a verlo. No trató de quedárselo, le entregó el recuerdo de la primera vez que lo deseó. Uno entendió por qué siempre se entregó al espejo y el otro por qué nunca pudo quedárselo. 

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