Días de fin

Termina un día de cumpleaños y dejo de tener al menos una hija con edad de un dígito. El tiempo medido en cifras es etéreo, contado de forma arbitraria (¿quién dice que son 24 horas y no 30?), una simple vuelta al astro que nos lleva de la mano por el universo. Pero no deja de sucederse sobre sí mismo, marcándonos todo, hasta el pelo que se va quedando sin tinta y sólo tira el recuerdo de lo que fue antes.

Nos volvemos fantasmas antes de morir, con la piel delgada, las canas al aire y los músculos esfumándose. Deberíamos aprovechar los cambios para transitar a otro estado, no aferrarnos a lo que vamos dejando atrás (¿o será que somos nosotros los que nos vamos quedando rezagados?). Nos atropellamos por llegar más allá, no sabiendo qué es lo que nos espera, aún cuando creemos que no nos espera nada.

Yo sí creo en que hay algo más, pero como no sé qué es, no le doy tanta importancia. Prefiero quedarme grabada la sensación de la piel perfecta de mi hija entre los dedos, abrir los frascos de la memoria en donde guardo su olor de bebé, tocar los discos de sus risas que he grabado. No importa el número que preceda a su edad, ella y él siempre serán de la edad en que los recuerde.

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