Las relaciones se vuelven navegables con el paso del tiempo. Todas. Es como alcanzar un curso conocido en el mar lleno de tormentas. No quiere decir que no las hayan, pero es más sencillo sobrevivirlas. Al menos eso sucede con las relaciones que perduran años.
No siempre la duración es sinónimo de bondad. Hay males que tal vez no duran cien años sólo porque no hay cuerpo que lo aguante. Pero es bueno apostarle a salir bien de un torbellino cuando uno está junto a alguien que lo acompaña y quiere hacerlo.
Ninguna relación llega jamás a puerto seguro, porque la vida es un movimiento constante. Pero sí hay momentos para simplemente dejarse llevar por el rumbo trazado. No es calma aburrida, es el fruto de muchas tempestades anteriores.
