Claridad

Uno de mis mejores maestros dice: “el precio de la claridad es el insulto”. Y creo que eso describe una de nuestras peores características como seres humanos: preferimos escuchar mentiras bonitas. Me doy cuenta porque, aunque trato de no ser grosera, no puedo dejar se ser clara cuando me preguntan algo. Mis hijos lo saben bien. La verdad nunca debe ofender, sin embargo…

Los halagos son un buen entorno para afianzar las conexiones. Escuchar cosas bonitas obviamente nos hace sentir bien. Pero creo que, si el camino no es preciso, si preferimos lo bonito a lo verdadero, las bases no sirven de nada. Soy la primera en estar en contra de herir a alguien de forma deliberada y sin objetivo útil. Pero no a costa de oscurecerlo todo.

No me gusta insultar. Prefiero no decir lo que pienso. Y, cuando hago halagos, son totalmente sinceros. También eso tiene su gracia. Ahora, el que se ofenda con una verdad tiene mucho por qué sufrir. Pobre.

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