Te escuchaba ayer hablando con tus amigas, toda asertiva y efusiva y pensé que tal vez yo fui así en algún momento. Pero nunca me sentí así de libre ni de segura como tú te ves. Y me embargó por completo una emoción de felicidad y de tranquilidad. Porque el mundo va a estar a tus pies si conservas ese entusiasmo y lo logras canalizar hacia lo que quieras. Puedes arrastrar, o puedes encausar. Y, a veces, hija mía, es necesario saber hacer ambas. La vida no espera siempre que uno sea delicado. Uno tiene que arrancar con fuerza lo que quiere, porque vale la pena esforzarse y debatir y pelear y ser ruidosa y exagerada.
No siempre sirve y allí también hay mucho qué aprender. La dulzura y el silencio son también armas poderosas, que ayudan a combatirse a uno mismo. Conocer la calma y hacerla parte de nuestro interior, que el fuego pueda ser cálido y amable, que no sólo queme y limpie, es lo que sostiene las relaciones cercanas. Lección que a veces cuesta aprender, porque el brillo que llevas te da mucha más claridad que al resto de personas y crees que todo el mundo mira las cosas igual que tú. No. Y no importa.
Te veo, amorcito mío y le pido a Dios me deje verte mucho tiempo más. Ese crecimiento, a dónde te lleve tu voluntad, cómo encuentres tu motivación y en dónde hagas resonar esa voz. Es difícil no tener miedo, como lo tengo con tu hermano también. La vida, el mundo, la gente, no son siempre amables. Hay que saber luchar, sin perder a la persona buena que llevas adentro, sin corromperte con la maldad, sin volverte cínica. La prudencia se vuelve muy pronto en desconfianza y eso es triste. Al final del día, lo que deseo para tu vida es que siempre esté rodeada de personas que te amen tanto como yo. Que te amo infinito. Feliz cumpleaños mi vida.
