No recuerdo haber escuchado a mi mamá decir que estaba cansada cuando tenía mi edad. Ella tenía otra lista de problemas, no me extrañaría que el cansancio ocupara un lugar muy abajo en la misma. Yo sí me siento cansada, una frazada mullida que se posa detrás de mis ojos y me hace cuestionar la verdadera necesidad de levantarme a comer, existir ya qué.
Creo que hay una etapa en la que nos damos cuenta de todo lo que arrastramos. De jóvenes, simplemente dormimos más y nuestros esfuerzos son más físicos, no emocionales. De adultos tal vez nos movemos menos, pero nuestras mentes jamás nos aflojan el recordatorio de todo lo que hacemos o deberíamos estar haciendo. Hasta ver tele se convierte en una tarea si caemos en el juego de “tener” que ver la serie más “interesante” y no la tontera que nos gusta.
A mí me pesa la constante toma de decisiones (domésticas, pequeñas, grandes, recurrentes, de emergencia, etc.) que me toca todos los días. Pero, así como no puedo quedarme un día entero llorando en mi cama porque se me acumula la ropa sucia, no hay nadie más que haga lo que hago yo. Así que toca. Y también toca levantarse para comer.
