Lo que pido

Todos hemos hecho la lista taxativa, final, perfecta, de lo que le pediríamos al genio de la botella. Son tres los deseos e infinitas las posibilidades, así que tenemos que estar listos por alguna vez se nos presenta la oportunidad. Creemos que nosotros sí podemos jugarle la vuelta al peligro de obtener lo que queremos. Hemos formulado cuidadosamente las palabras para que no se escondan trucos entre sus letras.

El paso del tiempo cambia hasta nuestros anhelos más profundos. Si alguna vez quisimos cosas absurdas como montañas de chocolate, los años nos empujan a ser más pragmáticos y menos fantasiosos. Pero, en el fondo, lo que queremos no son cosas, son estados emocionales. El chocolate no sirve de nada si no nos hace felices. El dinero tampoco si lo vemos con sinceridad.

El recorrido de la vida debería servirnos para identificar con claridad precisa qué nos da la mayor satisfacción. Y conseguirlo. Despojarnos de engaños y espejismos hasta quedarnos en cueros, al mínimo. Allí está lo esencial y así se encuentra la felicidad. Aunque hay mucho de mí que aún cree que una montaña inagotable de dinero, si no me da la dicha, por lo menos me acerca a ella.

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