Yo tengo pocos términos medios. Me suscribo totalmente al versículo que habla de vomitar a los tibios. Me gustan las respuestas rotundas, los sentimientos fuertes, las decisiones binarias. Y luego tengo que explicarles el mundo a mis hijos, con todos sus matices, las complejidades humanas y las respuestas ambivalentes. Así no se puede ser totalmente radical.
Tenemos la capacidad de sostener dos ideas contradictorias e igualmente válidas al mismo tiempo en nuestra cabeza sin estallar. No sé si es una bendición o una maldición. Lo cierto es que, como humanos, nos puede caer mal alguien que queremos. O admirar a alguien a quien despreciamos. Podemos apreciar la justicia de un acto a la vez que nos duela la falta de misericordia. Porque no tenemos toda, toda la verdad, es imposible y eso nos excluye de la perfección y ¿quién es uno para juzgar?
Sigo prefiriendo quemarme a quedarme sin ningún sentimiento. Y sigo acercándome más a los extremos que al medio. Pero he aprendido a no prenderle fuego a todo porque no sé bien qué puede haber debajo. Y porque no quiero que mis hijos aprendan a que lo único que uno puede aceptar es un sí o un no, cuando hay tantas palabras más.
