El radio del círculo de cosas que están bajo mi control es pequeño. Muy pequeño. Incluye mi reacción a mis emociones, lo que digo, lo que como y a qué hora me levanto de la cama. Luego el círculo de influencia es un poco mayor. Puedo empujar las cosas, sugerir y ser escuchada, hacer planes relativamente exitosos. El resto, la vida entera casi, está fuera de mi alcance.
Uba de las claves de la felicidad es saber distinguir qué actividad cabe dónde. Y dedicar la energía correspondiente. Nada desgasta tan feo como desperdiciarse en cosas sobre las que uno tiene nula incidencia. Allí cabe recitar el axioma estoico de “es lo que hay” y ser feliz.
Cuesta un poco aplicar esta filosofía al trato con los hijos, si uno pretende seguirlos manejando como cuando eran bebés. Es uno de los casos en donde el control va dando paso, ojalá, a una influencia respetuosa. Me da ilusión esa relación futura con mis hijos adultos. Aunque ahorita todavía me quede algún tiempo de control.
