Todos crecimos con carencias. Y, cuando nos toca ser padres, igual las creamos. Es lo que hay. Por mucho que nos preparemos y hagamos todo el esfuerzo por crecer emocionalmente, y busquemos ayuda y tengamos las mejores intenciones, siempre vamos a fallar en algo. Es lo que hay.
El cerebro es plástico y llega un momento en que lo podemos moldear conscientemente. No es sencillo, requiere tener los ojos bien abiertos y la voluntad de trabajarlo. Pero se puede. Nos hacemos cargo de nuestras propias carencias, examinamos el vacío y lo llenamos.
Yo estoy a favor de ser consciente del motivo de nuestras preferencias. Y de afrontar nuestros vacíos sin sentirnos víctimas. Pero a veces también siento que dejar el vacío así, vacío, no es tan malo. Se puede vivir con algún grado de inconformidad y usarlo para motivarnos. Sentir que falta algo y salir a buscarlo. Querer más. Yo sé que va en contra de todo lo que estoy aprendiendo en mis meditaciones. Supongo que es reflejo de todo el camino que me falta por recorrer. Pero el no estar totalmente satisfecha es precisamente lo que me hace meditar… Las incongruencias son humanas y nos hacen interesantes, a veces.
