La puerta de la memoria

Uno mira fotos de cuando era pequeño y recuerda el momento. O al menos eso cree. Todas las memorias son plásticas. Las manipulamos y adaptamos. Recordamos mejor lo que nos contaron que lo que hicimos. Es una cuestión del cambio que atravesamos nosotros mismos.

Lo que permanece, a veces más que los hechos, son los sentimientos asociados. La sensación de miedo antes de la primera vez en una montaña rusa. La emoción desbordada cuando nos agarran de la mano. La tristeza ante un abandono. Eso se vuelve a vivir. Y, también muchas veces, lo que nos abre esa caja son los olores. Puede ser que sea la naturaleza etérea de un aroma que se asemeja más a una emoción que a algo concreto como un color.

Me pasa con un collar de mi mamá. Tal vez me lo estoy imaginando, pero aún huele a ella. Y eso me trae a la memoria la sensación de sus manos suaves. Su voz. La forma de arreglarse. O cuando huelo el tabaco de una pipa y me trae a la mente a mi papá. De cualquier forma, hay llaves para recordar. Y, aunque ese recuerdo no sea fiel, fáctico, exacto, si nos hacen pensar en los nuestros, poco importa.

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