Hace unas semanas volví a leer de corrido un libro grande, con la aviada de un buen resbaladero y la sensación de atropello al final. Así igual terminé otros dos libros que tenía a medias, porque me cuesta darles la atención necesaria para generar esa aceleración.
Hay hábitos que no pretendo volver a tener y, muchos de mis ejercicios espirituales se tratan de soltar. Pero leer, esa inmersión total, debería de estar grabado en mi vida diaria y ya no lo está. Cualquier cosa me distrae, hasta escribir esto y termino sintiéndome culpable de no prestarme atención.
Ya no se trata de estar en el momento correcto. Es que tengo que poder hacerlo, aunque no sea ideal. Así como hago el resto de cosas. Retomar cosas placenteras vale la pena. Y ya no me distraigo más.
