Saber cocinar es distinto que aprender. Primero uno aprende todas las reglas. Luego, y sólo hasta que uno se las sabe bien, las cambia y las hace propias. Lo mismo hacen los niños al crecer; uno los educa, en la adolescencia hacen lo que quieren y de adultos regresan a integrar las reglas de la casa con la suyas. Por eso es que hay pocos adultos que continúan siendo rebeldes.
Luchar contra el plan establecido sirve para mejorarlo. O al menos eso debería suceder. Cuando simplemente se tira todo al caño, las cosas tienden a empeorar rápidamente. Sólo porque uno escribió un plan que en papel parece bueno, no quiere decir que vaya a funcionar.
Todo tiene reglas. Y todas se pueden romper, con variadas consecuencias. Nadie puede prever con certeza cuáles puedan ser estos resultados. Y allí es donde sirven las reglas viejas, las que ya tuvieron oportunidad de probar casi todos los desenlaces. Hay que escoger. Pero primero, hay que aprender.
