Mi papá detestaba la gelatina. (El ajo y cebolla tampoco los toleraba, pero eso era más alergia que maña.) Era espectacular la repugnancia que le tenía a ese postre tan común. Y a mí me encantaba. Mi mamá me hacía cuadritos de gelatina casi sólidos que parecían gemas. Recuerdos bonitos.
Hay cosas que no nos gustan. Y punto. Por más que objetivamente sean buenas. Eso aplica para todo, incluyendo personas. No importa qué tan buen partido crea nuestra mamá que es el fulano, no hay forma que haya química forzada.
Me sigue gustando la gelatina. Y el ajo y la cebolla. Pero no le hice caso a mi mamá.
