Gracias a la inmensa generosidad de mis suegros y su placer personal por la parranda, mi marido y yo tuvimos una boda espectacular, en la que ni siquiera nos metimos, porque no era nuestra fiesta, era de ellos. Yo me limité a escoger las flores de la iglesia, mi atuendo y al novio. Todo lo demás, era secundario en mi lista de prioridades. Definitivamente ha sido uno de los días más emocionantes de mi vida y su recuerdo habita en el cofre de mi corazón como una joya preciosa.
Pero no ha sido el día más feliz de mi vida.
No me cabe en el cerebro que, espero, con más de la mitad de mi vida por vivir, el día más feliz ya haya pasado. Además, si necesitara invitar mil personas a una fiesta para estar contenta, pocas veces lograría esa hazaña.
El día más feliz es el día común en el que despierto al lado del hombre que me aguada las piernas. Es encontrar comida buena y abundante qué prepararle a mi familia y que se la coman con agrado. Es sentir una mano pequeña entre la mía y saber que tuve dos vidas dentro de mí que crecen con salud. Es la habilidad encontrada hace poco de llevar mi cuerpo al límite de su resistencia física, superando a la niña cleta que no podía dar ni una rueda. Es ver un árbol de jacaranda en flor. Es ese momento en que me detengo a mí misma antes de estallar en un arranque de mal humor, como preferiría mi naturaleza. Es tener amigas a un chat de distancia.
Tampoco estoy diciendo que «todos los días son los días más felices de mi vida», porque necesitaría una cantidad navegable de fármacos para vivir en esa ilusión. Pero sí estoy segura que cada día tiene la posibilidad de ser el más feliz.
Eso me permite ver fotos de eventos pasados (como la boda) y no tenerme envidia a mi misma. Sí, definitivamente casi 9 años no han pasado en vano y el tiempo no perdona, pero no cambiaría ni uno solo de mis días comunes por regresar a ese momento.
