Poner límites de forma amable es, a veces, imposible. Simplemente porque uno está sacando a la gente de su territorio y diciéndole: “aquí no”. El acto es de protección y tiene que ser firme. Claro que depende del otro cómo se lo tome, al fin y al cabo el trangresor es el que se mete donde no debe. Pero…
Me ha costado aprender que tengo derecho a cercar mi espacio personal y que no tengo obligación de aceptar que cualquiera opine de mi vida. Porque me enseñaron primero a ser amable y a no ofender antes que a ser firme. Sacarme esa pena no es un hecho concluido, más bien un proceso de aprendizaje. Pero es una cuestión de niveles de incomodidad y qué pesa más.
Lo bueno es que, con los años, también se aprende a que el silencio es igual de poderoso como protección que cualquier otra cerca. Hasta que toca poner un alto. Y se me puede llegar a olvidar la amabilidad. Espero que no la educación.
