Ponemos el corazón en un altar
para que lo sacrifiquen y nos lo devuelvan en pedazos,
pero para eso es la mesa y el cuchillo y el sacerdote,
para destazar, cortar y ver la sangre caer,
aunque luego sirva de unción, o de ofrenda.
O lo entregamos al fuego
porque queremos arder y nos duele el calor,
pero para eso es el fuego y la leña y la llama,
para encender, iluminar y consumir
y terminar hechos cenizas, o carbón encendido.
También lo enterramos para que la tierra lo pudra,
pero para eso es la humedad y lo oscuro y lo oculto,
para descomponer, transformar, regenerar
y tener un mundo nuevo germinando de la muerte.
Aunque a mí me gusta ocultarlo en una caja,
rodeado de cadenas, protegido por fuego,
puñales, monstruos. Por mí.
Es lo único que me queda de los pedazos que me dejaste.
