Tengo un defecto. Bueno, tengo muchos, pero éste es favorito: soy una ladrona de vidas. Comencé con una pequeña historia que me contó un amigo (quien ahora, además, es mi editor). Le devolví una conversación de unas horas en cinco páginas de lo que vi, entendí y me inventé. He hecho lo mismo con mi suegra, dos amigos, un conocido, una señora con quien compartí mesa en un aeropuerto… de todos me he robado algo, pero a todos se los he devuelto (menos a la señora, ni modo).
Me gusta decir lo que no me cuentan; la verdad rara vez es real y a mí lo que me intriga es la edición que hace la gente de su vida cuando me platica. Somos la suma de las leyendas que nos decimos por las noches. ¿Qué mejor cosa que ser historiadora de esos deseos profundos?
Las pocas veces que he tomado a lo cercano para escribirlo, me ha desgarrado. Pero los precios pagados con sangre valen la pena. Gracias a escribir de mi padre, pude decirle adiós con dulzura.
Así que… seguiré robándome las vidas de otras personas. Es demasiado lindo entregárselas y que me den las gracias por ver lo que no me quisieron enseñar. Todo es cuestión de rellenar los vacíos.
