Me gusta mi cama. Está en el último extremo de la casa y puedo ver los árboles de la vecindad e imaginarme que no estoy en medio de una ciudad sin parques. Estoy aislada, aquí leo, escribo, vienen mis hijos a dormir, vemos tele los fines de semana y los gatos me sirven de compañía permanente.
Gravitamos alrededor de centros a los que regresamos, algunos como cometas, otros de forma más permanente. Depende de lo que necesitemos. Recuerdo que de niña, el sillón de mi mamá era ese lugar para mí. Ahora lo tengo en mi cuarto y no lo uso. En días como hoy, que he tenido que leer mucho, apenas salgo de mi cueva.
Pero hay que salir, hacer que los hijos salgan, dicen que hay cosas allá afuera que valen la pena.
