Entre los muchos podcasts de información irrelevante que he escuchado, el que más me ha perturbado es uno en el que hablaban acerca de los espejos y cómo éstos jamás nos dan una imagen real, por la simple cuestión de la óptica. No recuerdo bien el principio, pero me quedó la enseñanza que ese reflejo de luz nunca es totalmente fiel y que jamás nos percibimos exactamente como somos. Un poco el mismo asunto que uno no sabe cómo suena en realidad, porque se escucha desde adentro.
Las cosas observadas desde sí mismas son incompletas. El que se para sobre una montaña no la puede ver, aunque observe lo que está a su alrededor. Igual nuestras vidas. He escuchado que la iluminación es salirse de uno mismo para poder observarse. ¿Cómo despojarse enteramente del propio ser que se lleva siempre con uno? No sé si sea posible. Ni siquiera sé si sea deseable del todo. Para verlo a uno de fuera, tiene que haber alguien allí, afuera, que le dé mil vueltas a uno sobre su propio eje y desde allí encuentre los puntos débiles.
Cada uno tiene la perspectiva interna de lo que hace, las intenciones, las emociones, los pensamientos que acompañan cada una de las cosas que saca al exterior. Pero la gente que no conoce todas esas interioridades sólo puede juzgar por lo que mira, por el resultado final. La intención no siempre es lo que cuenta. Pero tampoco importa siempre. Porque nadie tiene nunca el cuadro completo, sólo fragmentos.
Los espejos no nos dicen toda la verdad. Nosotros no nos decimos toda la verdad. Nadie la conoce. Sólo podemos trabajar con lo que tenemos y tragarnos las consecuencias de lo que sacamos al mundo, sabiendo que no siempre corresponde con lo que queríamos.
