Como buena adulta funcional. Estoy cansada. De levantarme temprano, de despertarme muchas veces en la noche, de hacer tanto ejercicio, de no darme a entender. De no entender lo que pasa a mi alrededor. De manejar tanto. Tanto. De no comer todo lo que me gusta porque me engordo y de que me dejen de gustar algunas cosas que antes me encantaban. Estoy cansada de quejarme, porque es la vida que he escogido, aunque no sea exactamente como me la imaginaba. Estoy cansada y quiero hacer una siesta, pero no puedo porque hay cosas que hacer, niños qué recoger del bus, conversaciones qué arruinar. Estoy cansada, pero supongo que en algún momento podré descansar. O me acostumbraré.
Hoy estoy cansada, pero recuerdo cuando no lo he estado y espero volver a sentirme que puedo seguir. Las cosas nunca se quedan en el mismo estado, siempre estamos cambiando, aunque a veces den ganas de sentarse en una esquina a ver el mundo pasar. Pero ni eso es estático. La vida es un constante movimiento y, o vamos sobre ese impulso o nos arrastra y es peor.
Quiero descansar. Luego recuerdo de todo lo que quiero hacer, de lo que tengo por escribir, de todos los besos y abrazos que me quedan por darles a mis hijos, de toda la risa que seguro se me va acumulando, de todo el cariño, hasta de las películas y libros y series que tengo pendientes. Y se me pasan las ganas de no tener ganas, no el cansancio.
