Tenía una idea genial para un cuento. Me senté a escribirlo y se me diluyó la inspiración mejor que cadáver en ácido. No quedaron ni los dientes. Con lo que me cuesta encontrar el texto para escribirlo… No es la primera vez que me sucede. Y es que casi siempre escribo cosas en mi cerebro, pero me tardo en ponerlo afuera en palabras para los demás. En ese ir y venir, se escapan algunos. Tal vez regresan mejorados, pero me temo que no. Simplemente se van, ofendidos por no haber sido concretados antes.
Las cosas tienen una temporalidad muy particular. Los favores que pedimos, los cariños que damos, los recuerdos que volvemos a vivir. Me gusta ponerle día y hora a las cosas que pido, porque sé cuándo contar con eso. No siempre funciona. Tiendo entonces a hacerlo mejor yo, pero tengo que aprender a que no sea de mal modo. No soy dueña del tiempo de los demás y sólo yo le pongo la misma importancia a mis cosas. Un tercero no. Es lógico. Son mis cosas, no las suyas.
Pareciera que mis ideas también tienen un sentido abultado de su propia importancia y prefieren irse ofendidas que esperar. Lo bueno es que detrás vienen otras en fila y a más de alguna atrapo en el momento indicado.
Salvo hoy, que sé que la idea era buena y ya no la encuentro. ¿Ustedes se acuerdan qué iba a escribir?
